En 1959, en un viaje por Europa donde lo ordinario se convierte en extraordinario. Descubrirás cómo un viaje inocente se convierte en un punto de inflexión en la vida de un niño, llevándolo a la sorprendente verdad de que la infancia queda atrás en cada vuelta a casa. Sumérgete en este relato que revela cómo una sola travesía puede cambiarlo todo.
Capítulo 36
En la casa de mis abuelos, podíamos jugar en el fondo, un terreno grande, para mí. Era un rectángulo de diez metros de frente por veinte metros de fondo. Había un jardín de tres por tres al lado de un jazmín del país y al fondo del terreno había un gallinero y un galpón con herramientas y materiales de construcción. Era un enorme espacio libre para jugar.
En el fondo de esa casa de la calle Cololó, hoy Scoseria, había un níspero. Cuando una gallina se ponía clueca, la abuela le impedía volver al nido atándole una pata a ese níspero. Lo que más curiosidad me despertaba era aquel galpón y justo lo que más me costaba visitar. Me entretenía jugando con la tierra en ese fondo y, cuando creía que no estaban vigilando, me acercaba. Cuando estaba por lograr entrar, aparecía mi abuela por la ventana para advertirme que no entrara a ese lugar. Las visitas al galpón solo las podía hacer en su compañía. Allí había carretillas, picos, palas, marrones, baldes, poleas, tablas y algunas máquinas en desuso. Había también algo que parecía ser un reloj, aunque de reloj tenía poco. Un día logré saber que era un taxímetro porque mi abuelo había tenido un taxi que manejaba un chofer.
En esa casa había dos gatos. Cada tanto los veía salir del galpón con ratones medio agonizantes. Los mineritos eran una preocupación constante de mi abuela, que armaba trampas y cada tanto se oía el ruido de alguna y allá iba el gato y mi abuela detrás. Aprendí a armar trampas para ratones ayudado por mi abuela. Supe que el gato más recordado por todos era Misha, a la que no conocí. Una gata que no se comía o mataba al ratón hasta enseñárselo a mi abuela. Lo soltaba agonizante debajo de la mesa del comedor diario y se acostaba mirándolo de frente mientras le daba unos pequeños zarpazos cada vez que parecía revivir.
Había también teléfono en esa casa, estaba en el estudio de mi tía. La UTE había demorado diez años en instalarlo porque no aparecía el borne. Según me contaron, el día de la instalación vino un fotógrafo y mi abuela no quería foto, pero terminó aceptando que yo, con dos años, apareciera como hablando por teléfono. La foto encuadrada estaba al lado del teléfono. Aún está por ahí. Me contaron que corría a atender cuando sonaba e incluso simulaba hablar con mi abuelo o mi padre cuando no sonaba. Mi número predilecto era el seis, para escuchar la hora. Al entender la hora hablada y su correspondencia con la de las manecillas del reloj, cuando sonaba el reloj cucú del comedor diario iba corriendo a discar el seis para verificar. Era el único teléfono de la cuadra. La vecina de al lado, doña Rosalía, tocaba timbre y le pedía permiso a la abuela para llamar a alguien. También se recibían llamadas para los vecinos y mi abuela les avisaba para que vinieran a atender.
Desde que era un bebé y hasta que pude caminar cinco cuadras, iba en un carrito a lo de mis abuelos. De más grande iba caminando de la mano de mi madre, y era mi hermano recién nacido el que usaba el carrito. ¿Cuál era mi casa?, ¿esa en la que vivía con mis padres y hermano o la casa de mis abuelos?, ¿cuál era la casa matriz y cuál la sucursal? Mi familia eran todos. Mis padres, mi hermano, mis tíos y mis abuelos.
En casa de mis abuelos veía muy seguido a mi tía Avelina, quien tenía ahí su estudio. Mi adorada hada madrina, a la que mi hermano y yo llamábamos Tití, y todos los demás llamaban Lina. Era la hermana mayor de los tres hijos que tenían mis abuelos maternos, Eduarda y Gabriel. Tití era seis años mayor que mi madre, Delfina, a la que llamaban Tita y ocho años mayor que mi tío Gabriel al que llamábamos el Tito.
Tití había terminado sus estudios universitarios de escribana pública. Estaba casada con mi tío Juan, quien era argentino, y al que mi abuela llamaba Juanillo. El tío Juan trabajaba en una oficina de importaciones, pero su pasión era la música, tocaba el violoncelo e integraba la orquesta municipal de Montevideo.
El tío Tito vivía en casa de mi abuela y era empleado de banco. El Tito era el diferente de los miembros de la familia de mi madre. Para empezar, era muy alto, mientras que tanto sus hermanas como sus padres eran todos bajitos. Había sido jugador de básquetbol y era directivo del Club Defensor. Me inscribió como socio de Defensor el mismo día que nací.
Jamás olvidaré que cuando por segundo año consecutivo los Reyes Magos no nos trajeron la bicicleta que les habíamos pedido. Unos días después nos encontramos con una espectacular bicicleta de la marca Lygie en el garaje de la casa de mi abuela.
Tito nos dijo que sus Reyes Magos siempre le traían regalos después del 6 de enero porque los compraban unos días después, ya que por alguna razón todos los juguetes bajaban de precio después de ese día. Nos dijo que él estaba contento con lo que le habían traído sus Reyes y nos contó que les había escrito sobre los problemas que habían tenido nuestros Reyes, y entonces sus Reyes nos habían conseguido esa maravillosa bicicleta.
Para nosotros, todas las cosas del tío Tito eran espectaculares, por ejemplo, sus coches eran todos colachatas. Aunque no eran los Chevrolet Impala, a los Chevrolet Bel Air también se les llamaba colachatas. Estos autos eran mucho más grandes que los coches sedán de las marcas europeas, como el Simca de mi padre.
También eran espectaculares las llamativas novias del Tito. Cada vez que mi tío cambiaba de auto o de novia, venía a saludarnos y a mostrarnos su nueva adquisición. Mi madre tenía varias palabras para referirse a las novias de su hermano: «chirusas», «queridas», «atorrantas» y alguna que otra palabra más que no recuerdo. Mi madre siempre trató a las novias de su hermano de manera cortés, pero jamás las invitó a subir a nuestra casa, las atendía siempre en la vereda.
Mi tío Tito, al parecer, no aceptó nunca el papel de sucesor en la empresa constructora de mi abuelo, que era lo que estaba planeado para él. Su primera empresa comercial fue un garito que instaló con sus amigos cerca de la casa de mis abuelos cuando tenía dieciocho o veinte años. Cuando el rumor corrió por el barrio y llegó a oídos de mi abuelo, este fue al apartamento donde se encontraba la casa de juegos y desmanteló en un instante todo el proyecto. Llamó luego a un conocido suyo, gerente de banco, para conseguirle al Tito un puesto de empleado bancario. Creo que mi abuelo, hasta su muerte, siguió esperando que el Tito continuara con su empresa constructora. En vano, por supuesto.
Contenido
45 Capítulos
166 Páginas
En el año 1959, Enrique, apenas un niño de nueve años emprende un viaje a Europa junto a su madre y hermano menor para reunirse con su padre becado por la Unesco en Roma. Durante seis meses, recorren Italia, Suiza, Alemania, Francia y España, sumergiéndose en un periplo repleto de descubrimientos y transformaciones.
En esta odisea, Enrique vive un cambio profundo en su perspectiva. Un encuentro con un juguete anhelado; una cartuchera con revólveres marca un momento crucial. Esta experiencia lo lleva a reflexionar sobre la transición de su niñez a una nueva etapa, a pesar de que su hermano aún se muestre interesado en esos juguetes.
El retorno a casa no es acogedor para Enrique, quien se enfrenta a la sensación de no pertenencia a su antiguo mundo. La tragedia familiar profundiza su comprensión de que su infancia ha quedado atrás. Viaje al fin de mi infancia es un relato conmovedor que explora cómo una experiencia rutinaria puede desencadenar cambios profundos, invitando al lector a reflexionar sobre la transición de la inocencia a la madurez en un viaje emocional único.
Basada en Hechos Reales
«Sentí como que algo había cambiado en mi forma de pensar. Cuando vi la cartuchera con los revólveres y las cananas, ese juguete que tanto había querido que mis padres me compraran y que no había tocado durante todos esos meses de vida en Roma, me avergoncé: sentí como que mi tiempo de niño ya había pasado. Afortunadamente, mi hermano todavía parecía interesado en jugar con esos revólveres con fulminantes.»
Capítulo 12
Antes de zarpar de Montevideo, de izquierda a derecha: Luisa, su hijo mayor, Guillermito, Tití, el tío Juan y mi madre, Delfina. Adelante: mi hermano Jorge y el hijo menor de Luisa, Jorgito.
Capítulo 22
Al pie del volcán Etna. De izquierda a derecha, Jorge, yo, mi madre y el chofer de la excursión, la sacó mi padre.
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